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APROXIMACIÓN ONTOLÓGICA AL FENÓMENO SUICIDA.

Ps. Patricio Schman Vargas.
Mg. Psicología Jurídica y Forense.

El abordaje práctico del fenómeno conceptualizado y definido bajo el marco comprensivo de la suicidalidad, invita de manera inherente a detenerse sobre ejes temáticos fundamentales que dan sentido y coherencia al hecho que una persona atente contra su vida, puesto esta acción reconoce y expone de forma clara, en sí misma, la facultad que el ser humano posee por decidir de qué manera continuar su existencia o bien, concluir con ella. Ésta facultad ha adoptado en la actualidad, de manera inconfundible, un matiz claramente delimitado desde una esfera comprensiva que se enmarca en preceptos morales; premisa que supone un sesgo sobre una realidad a la que actualmente hemos decidido negarnos, pero sobre la cual necesitamos profundizar y con ello alcanzar una postura que integre percepciones que validan ésta práctica (o a lo menos comprendan), en relación con aquellas que no lo hacen.

Sin embargo pensar que el suicidio supone una discusión contemporánea, sería negar su existencia en otros momentos de la historia; la cual expone antecedentes claros que, en el origen del conocimiento mismo, sobre el cual construimos realidad, ya estaba presente. Uno de los primeros en documentar dicha disyuntiva habría sido Platón (427- 347 A.C.), quien ejecuta una lectura interesante al considerar que, junto con ser un delito contra la sociedad, podía presentar excepciones bajo tres argumentos posibles: Uno basado en el amor, otro basado en la enfermedad o bien como un auto castigo por una injuria grave ejecutada contra el Estado[1], idea que precisa una noción profunda, que clarifica un punto importante y es que, alguien que opta por atentar contra su vida, afirma su voluntad más que negarla y reconoce en ello la posibilidad por negarse a una vida con la que no se siente cómodo. Ésta distinción comprensiva es reconocida y difundida por Arthur Schopenhauer, filósofo del siglo XX, que promovió audazmente la posibilidad de acceder al conocimiento esencial del “sí mismo”, por medio de la introspección; con la cual además asignó bajo un principio metafísico la facultad de ser en función a la “voluntad[2]”, concepto que, según éste autor, se basa en la particularidad de decidir ser o no ser en relación al espacio y al momento. Expresa de esta manera la noción de que “el suicidio, lejos de negar la voluntad, la afirma energéticamente, pues la negación no consiste en aborrecer el dolor, sino en los goces de la vida. El suicida ama la vida; lo único que pasa, es que no acepta las condiciones en que se le ofrece”. No obstante, el auge de ésta idea, una que implícitamente sujeta el suicidio como una práctica viable y aceptada por la sociedad, se evidencia con mayor fuerza y asentamiento en el periodo renacentista, momento histórico que recibe fuertes influencias de las nociones grecorromanas radicales, las cuales a su vez habrían sido constituidas por una base fundada en el intelectualismo Francés[3], que alcanzaron un importante  impacto que incluso influenció el planteamiento de preceptos legales que supusieron la completa aceptación de la conducta suicida en dicho periodo.

Éstas consideraciones históricas, permiten, en un primer momento, evidenciar una postura que a ratos resulta radical respecto de la posibilidad de considerar el suicidio como una opción aceptable; y como no hacerlo, si las mismas consideraciones históricas demuestran que dicha conducta ha estado presente en los diversos momentos y/o periodos por los cuales el ser humano ha transitado, y ha sido además practicado por un porcentaje amplio de la población mundial. En la actualidad, por ejemplo, en Chile las investigaciones desarrolladas por Valdivia (2015), exponen que a lo menos un 15% de los adolescentes habrían reportado que alguna vez durante su vida, han ejecutado conductas orientadas a atentar contra su vida; porcentaje que, si bien no asume la amplitud necesaria para considerarlo como una práctica normal desde la perspectiva estadística, sí expone una posibilidad de reconocer la conducta suicida, como una práctica poblacional que requiere ser observada desde visiones ideológicas y pragmáticas más profundas que la asociada a la expuesta por la visión sancionatoria; ya que, ésta en sí misma, supone una forma agresiva de subyugar la opinión de quien decide atentar contra su vida y con ello, se deja de lado el abordaje de las ideas que sustentan una decisión de ésta índole, cuando ella se desprende de un proceso reflexivo previo. En este punto sin embargo, se hace necesario clarificar que la premisa expuesta, es posible revestirla de dicho análisis, únicamente cuando el comportamiento suicida responde a  un hecho planificado previamente y no a un acto impulsivo, carente de reflexión y, por ende, no está sujeto a cuestiones puramente ideológicas; como lo es en la mayoría de los casos encontrados en adolescentes, etapa que en sí misma puede ser considerada como un factor de riesgo, puesto supone una multiplicidad de características y predisposiciones que pudiesen propiciar en determinadas circunstancias un intento fallido o efectivo por atentar contra la vida propia.

No obstante, indistintamente del grupo etario o periodo evolutivo sobre el cual se ejecute el análisis relacionado a la suicidalidad, es innegable que es y ha sido un fenómeno tan recurrente en Chile y el mundo, que incluso algunos autores, como el mismo Freud, lo habría considerado en sus propuestos y  consignado de manera implícita en el concepto “Tanatos”, el cual se refiere a la búsqueda de la muerte como resultado de una energía con vida propia en el aparato psíquico humano, que moviliza en diversas formas de expresión la muerte, en la que el acto suicida, podría ser entendido como una extrapolación de dicha energía, por encontrar paz. El autor con esto abre la discusión hacia algo de medular relevancia respecto al hecho de que la conducta suicida (e interpreta a la idea de que), junto con ser un acto altamente impactante, es para el protagonista de esta conducta la búsqueda más desesperada por encontrar paz, quietud y desde la comprensión del autor, el descanso; aserción que no hace más que acentuar la interpretación que Schopenhouer, quien comprendía este acto como una forma revolucionaria por expresar su descontento con la oportunidad que la vida o el contexto le ofrece, para desarrollar una felicidad en una forma que para ellos (as) tenga sentido.

En cierta manera, esta última idea permite concluir que el acto suicida no es otra cosa que la expresión del descontento de una persona que se encuentra desadaptada y se ha llegado a sentir incapaz de encontrar un lugar en su mundo, puesto las opciones que éste le ofrece, no logran contener los elementos que para ellos (as) son necesarios. Por ello, plantarse una estrategia de abordaje que se oriente hacia la reducción de los intentos suicidas, debe necesariamente considerar la necesidad de movilizar modificaciones parciales y permanentes en el espacio que el sujeto se desenvuelve.;visión que la teoría general de sistemas, instala en sus propuestos basales a través del concepto “interdependencia”, al exponer que al modificar los elementos que componen el sistema, modifica la totalidad de sus componentes, hecho que concluye en la creación de un nuevo sistema; analogía en la que se entiende al sujeto como un elemento de dicho sistema.

Este punto podría decantar sin duda en diversas reflexiones que expliquen la conducta suicida; no obstante, una de las más necesarias de difundir, se relaciona con la necesidad de comprender que la prevención de ésta, es una tarea que se debe mirar integral e integrativamente, interpretando esto último como una labor en la que nos corresponde a todos ser partícipes, no solo en la reflexión pasiva de ello, ni desde la opción de mirar como víctima al suicida, sino como una misión por construir un contexto que acepte este comportamiento como un llamado de atención que está exponiendo abiertamente el descontento con la vida. Esto no es sino una postura parcial y potencialmente modificable, puesto aun cuando el ya mencionado Freud ha aceptado la existencia de una fuerza que persigue la tranquilidad expresada por medio de la muerte, ha aceptado también que esta únicamente puede existir en la medida que existe su contraparte, visualizada, por ejemplo, por autores de la Teoría general de sistemas  en el concepto de entropía, fuerza que mueve al desorden, que en sí mismo es la piedra angular de la vida.

 

[1]
En el “Libro de las leyes”, Platón expone: “El que mate al más próximo y del que se dice que es el más querido de todos, ¿qué pena debe sufrir? Me refiero al que se mate a sí mismo, impidiendo con violencia el cumplimiento de su destino, sin que se lo ordene judicialmente la ciudad, ni forzado por una mala suerte que lo hubiera tocado con un olor excesivo e inevitable, ni porque lo aqueje una vergüenza que ponga a su vida en un callejón sin salida y la haga imposible de ser vivida, sino que se aplica eventualmente un castigo injusto a sí mismo por pereza y por una cobardía propia de la falta de hombría…Pero las tumbas para los muertos de esta manera deben ser, en primer lugar, particulares y no compartidas con otro. Además, deben enterrarlos sin fama en los confines de los doce distritos en aquellos lugares que sean baldíos y sin nombre, sin señalar sus tumbas con estelas o nombres”

 

[2]
Al respecto expresaría Schopenhauer (1988) “Puesto que el hombre en su totalidad es sólo el fenómeno de su voluntad, nada puede resultar más absurdo que, partiendo de la reflexión, querer ser algo distinto de lo que se es”.

 

[3]
Dejando claro con ello que esta intelectualidad sería responsable de la despenalización completa del acto suicida posterior a la revolución francesa, prueba de esto es que no existen penalización en los “códigos Napoleónicos” respecto al suicidio.